jueves, 27 de abril de 2017

SPIDERMAN EN EL ESTADO DE MÉXICO

El día de hoy descubrí una grandiosa convocatoria por parte del evento ECATECOMIC, una convención de comics… o algo parecido, que se llevará a cabo alrededor de junio de este año 2017 en Ecatepec, Estado de México.

La convocatoria no podría ser más razonable, entre otras cosas se te pide que hagas un comic de 8 páginas, además de una portada. En la historia Spiderman debe de visitar el estado de México, en busca de una reliquia arqueológica que podría salvar al mundo de un supervillano. Además dentro de la historieta debes incluir un villano nuevo.

Lo mejor de todo viene a la hora de descubrir el codiciado premio de este concurso de ecatecomic, pero no voy a ser yo quien se los diga. Mejor véanlo por ustedes mismos:


Si quieren pueden leer la convocatoria completa en esta página, la cual no tiene desperdicio.



Por mi parte me acabo de emplear a fondo y he logrado terminar, (en tres horas) antes de la fecha límite para este concurso, mi propuesta para participar con Spiderman en el estado de México. A continuación podrán leerlo en este blog, o bien descargarlo en formato PDF, tal y como lo pide la convocatoria.


Nótese que he cumplido todos los requisitos técnicos de la convocatoria, incluido el tamaño tan especifico y poco común de 17x25.5 cm. Dispónganse ahora a disfrutar, en carne propia, un hito más dentro del mundo del noveno arte. 

SPIDERMAN EN EL ESTADO DE MÉXICO.











lunes, 3 de abril de 2017

NOSOTROS MISMOS.

Atravesamos el amplio patio de recreo, conscientes de que esa sería una de las últimas veces que pisaríamos ese suelo, rodeado por los edificios de nuestra escuela secundaria.

Mientras caminaba en medio de ese patio, tenía una percepción extraña de mi entorno. Seguramente se debía a todas las imágenes de videojuegos y películas en CGI que inundaban los medios de comunicación, en aquel último año del siglo 20.

Todo el entorno en el que nos encontrábamos en ese momento, me parecía una escenografía virtual, como si estuviera a dentro de un videojuego de Nintendo 64 o Play Station.

Esta sensación que tenía se veía aumentada seguramente, por el hecho de que tanto el patio, como los edificios de salones estaban prácticamente vacíos. Pocas veces habíamos podido ver el patio y los salones de la escuela estando vacíos.

Nos encontrábamos fuera del horario regular de clases y casi parecía que todo nuestro entorno estuviera siendo creado solamente para nosotros. Para Enrique y para mí.

- ¡Eh wey! Chécale que no venga nadie, si no van a creer que andamos panchando los pinches balones.

- Si a huevo, y nos metimos a robar con el uniforme de la secu puesto, pendejo.

Cuando somos jóvenes carecemos de muchas cosas. De dinero, de libertad, de vocabulario. Algunas de esas libertades suelen venir solas, las obtenemos con tan solo seguir cumpliendo años.

Otras libertades en cambio las obtenemos desarrollándonos y superando precisamente nuestras carencias de cuando jóvenes.

Lo bello de aquella época de adolescencia es que sentíamos que nuestra vida podría cambiar al dar la vuelta en cualquier esquina. Teníamos una sensación de que en cualquier momento, una especie de misterioso poder interno, oculto incluso para nosotros mismos, podría liberarse y convertirnos en lo que realmente éramos.

Nos convertiríamos repentinamente en aquello que en esa época  intuíamos que éramos.

Para algunos afortunados esto de verdad  sucede, repentinamente sin que sepamos cuando. Quizás en una tarde cualquiera, en la que te metes a la cancha de secundaria, sacas un balón sin permiso y te pones a jugar basquetbol con tu mejor amigo de toda la secundaria.

- Pinche Enrique siempre fuiste mejor que yo en el básquet. -Le dije, tratando de que mi elogio no sonara como un elogio, precisamente.

- ¿Has visto a Mario?- Me contestó mientras recuperaba la pelota para la siguiente jugada. – Yo así pensaba antes de ese wey. El año pasado, en segundo, yo lo veía y decía: “No mames”. Porque nomas agarraba una pelota y la encestaba.

Pero luego de empezar a practicar y ahora que fuimos al campeonato el mes pasado… pues Mario no juega tan chido como yo pensaba.

Me reí un poco mientras me sentaba en una bardita, que estaba en las orillas de la cancha. En realidad nuestra escuela aún se estaba construyendo, así que la cancha de basquetbol, que también servía para todos los demás deportes posibles, en realidad no se diferenciaba mucho de un terreno descampado.

No sé qué fue lo que interpreto Enrique con mi risa, porque siguió hablando.

-O sea, si la arma “dos dos” el wey. Pero nada más.

Enrique se acercó a mí y se sentó a mi lado.

Desde primero se secundaria Enrique y yo fuimos los mejores amigos. Siempre estábamos juntos él y yo. Desconozco las costumbres de los jóvenes de ahora, pero en aquella época esto no era nada raro. Era muy frecuente que los grupos de amigos fueran de a tres, cuatro, cinco ya eran demasiados.

Imagínense ir en un grupo de a cinco personas para todos lados, parecerían los Power Rangers.

Enrique y yo éramos el grupo de amistad más pequeño posible. Solamente él y yo.

Aunque como les digo no era algo raro, tampoco nos libramos de que los demás nos consideraran “los camotes” el uno del otro. Aunque nunca paso más allá de la “carrilla” razonable, dentro de la secundaria.

- Pinches años se fueron “de pedo”. –Dijo Enrique con tono melancólico. Más bien con el tono más melancólico que se puede obtener con ese vocabulario. Y continuó diciendo: -¿Cuánto hace que nos daba clase la profe Gloria en primero, te acuerdas?

- Como no me voy a acordar de “la chicher” de inglés.

- “La chicher” a huevo.

Como todas las amistades escolares. Enrique y yo nos hicimos amigos, solamente porque nos sentábamos cerca en el salón de clase. Pero con el paso de los días nos dimos cuenta de que vivíamos muy cerca el uno del otro.

Poco a poco, Enrique se volvió mi mejor amigo y también la suerte decidió que nos tocara en el mismo salón durante segundo y tercero de secundaria. Este era el tercer y último año que pasaríamos juntos.

- Dicen que entre más viejo te haces, sientes que la vida pasa más rápido. Lo dijeron en un documental la otra vez. – Agregué, casi de manera automática.

En ese momento estaba más bien recordando las cosas que habíamos pasado en aquellos tres años de secundaria.

- Pos a lo mejor si es cierto, porque acuérdate en el primer año de secu, cuando llegamos. ¿A poco no pensabas: “pinche hueva, voy a estar aquí tres años”? Y las pinches clases se nos hacían eternas. Pero el año pasado, cuando empecé yo dije: “No mames, ya nomás falta un pinche año para acabar y la neta no sé qué pedo”.

- Pos si, por eso uno se la tiene que pasar chido todo lo que pueda. Y hacer todas las pinches mamadas que quieras ahorita, porque al rato dicen que te empinan bien gacho en la prepa y peor en la universidad. Disque te encargan un chingo de tarea y la madre.

- Si es cierto wey, así está mi carnal ahorita en la pinche facultad, se acuesta bien tarde haciendo quien sabe que chingados.

Voltee a mirarlo al mismo tiempo que él hacia lo mismo y nuestras miradas se cruzaron accidentalmente. Instintivamente sonreímos.
- Nos va a cargar el costo, a cada quien por nuestro lado.

La frase de Enrique hizo que los dos riéramos. Aunque lo terrible es que era verdad, a partir del próximo ciclo escolar Enrique tomaría un camino distinto al mío.

Yo optaría por un bachillerato propedéutico y Enrique entraría a un instituto técnico. Solía decirse, en aquellos años, que las personas que optaban por una educación técnica en lugar de una preparatoria simple, en realidad eran los jóvenes que ya sabían a lo que se querían dedicar, que tenían más clara su vida y sus objetivos.

Lo cual es sumamente irónico, si pensamos en los memes que se hacen actualmente en internet, al respecto de este tipo de instituciones.

Nuestro cruce de miradas me hizo sentir mariposas en el estómago. Aunque en honor a la verdad, cuando uno tiene 15 años se la pasa sintiendo mariposas en el estómago todos los días.  Pero si he de continuar “honrando la verdad”, también debo decir que quien más provocaba en mí, esas mariposas, fue Enrique.

Nunca me atreví a  admitirlo. Es verdad que aquellos tiempos eran mucho más abiertos, aun rondaba por el aire, el tufo de la homofóbia de décadas pasadas.

Aun en aquella época, estando en los albores del siglo 21, la homosexualidad y quienes la apoyaban, aun eran minoría.

Además de todo eso, Enrique era solamente mi amigo, pensar cualquier otra cosa era una locura. Y yo tampoco quería arruinar esa amistad. La idea de perder a mis seres cercanos siempre me ha acobardado.

Aunque en realidad eso pasaría, de una manera u otra. Enrique y yo pasaríamos a formar círculos diferentes, a partir del próximo ciclo escolar.

¿Acaso veía en su rostro una sonrisa triste? Hice un gesto repentino con la mano, le quité la pelota y entre de nuevo en la cancha.

- A ver si es cierto que te apañas a Mario, cabrón.

- No mames, está bien que Mario no juegue tan chido pero tampoco es para compararlo contigo.

Enrique intentó quitarme la pelota y en el empujón los dos perdimos el equilibrio.

No caímos, pero en el movimiento brusco ambos quedamos muy cerca del otro, como cuando uno juega al twister.

Enrique estaba encima de mí, era la primera vez que lo tenía tan cerca y pude sentir su respiración en mi cuello.

Sin saber qué hacer, mantuvimos esa posición más tiempo del necesario. Fue un momento tan largo, que se sintió como la más sincera de las confesiones.

- Perdón… -Dijo Enrique, de manera nerviosa. Obviamente.

Empezó a apartarse lentamente, pero mi mano se puso en su espalda y lo detuvo. Hasta el día de hoy sigo preguntándome: ¿Quién fue el que movió mi mano, para detener a Enrique junto a mí?

De lo único que estoy seguro es que no fui yo.

Me habría encantado haber dicho algo. Una frase que hubiera enmarcado ese momento para siempre, en la memoria de nosotros dos. Pero como dije, en aquel entonces nos faltaba el vocabulario. Pero la falta de palabras la sustituíamos con el instinto silvestre, propio de la juventud.

Subí mi mano por su nuca, acaricié su cabello por primera vez y acerqué su rostro al mío para darle, lo que en mi mente era, el mejor beso que había dado hasta ese momento.

Extendí ese beso lo más que pude, no me quería separar de él.

Dicen que los recuerdos se fijan en tu memoria deprendiendo de la carga emocional o la adrenalina que tengas en tu cuerpo, al momento del suceso. Si esto es verdad, seguramente ese beso será uno de los últimos recuerdos que se borren de mi cerebro, cuando el olvido que trae consigo la vejez, se instale en mi cabeza.

Enrique simplemente se dejó llevar por mí.

Cuando el largo primer beso terminó, Enrique me confesó.

-Nunca supe cómo decírtelo… tenía miedo de que tu no sintieras lo mismo y te enojaras…

- Yo también.

En ese momento no sabíamos lo que estábamos haciendo.

Hasta donde sabíamos podría ser malo, podría ser vergonzoso y hasta podría ser pecado. Pero era tan intenso que todas esas ideas perdieron su valor. Algo tan intenso necesariamente es verdadero. Y si algo es verdadero, quizás puede ser incomodo, pero de ninguna manera lo verdadero puede ser malo.

Un poco más tarde, ese mismo día, expresamos nuestra recién confesada atracción de la manera en que mejor pudimos. No me atrevo a afirmar que ese día conocí, junto con Enrique, lo que es el amor.

Éramos demasiado jóvenes como para llamarle amor. Para explorar los entresijos de lo que llaman amor, ya tendríamos suficiente tiempo después.

Ese día solamente nos descubrimos a nosotros mismos.

martes, 10 de enero de 2017

MEDITACIONES SOBRE LA ROPA DE INVIERNO.


Mis posesiones se dividen en varios tipos. Las cosas que guardo para nunca más volver a buscar. Las cosas que guardo, pero sé que tendré que volver a buscar eventualmente. Y finalmente las cosas que guardo cada año, con la certeza de que el próximo año (si todo sale bien) volveré a buscarlas porque me serán necesarias.

La ropa de invierno cae en esta última categoría. 

Una particularidad mía es que tengo una memoria terrible.  Suelo olvidar cosas, sucesos enteros, conversaciones importantes y hasta temporadas completas de mi vida. Lo olvido de manera involuntaria, pero muy fácilmente. A veces, cuando releo mis diarios personales de juventud, me pregunto: ¿Cuándo tuve un amigo apellidado Méndez?

Quizás a manera de compensación, la naturaleza ha hecho que tenga una memoria sensorial que es muy vívida, pero que también escapa de mi control. Esto significa que muy a menudo me encuentro recordando cosas por simple accidente.

Por ejemplo al escuchar una canción que hacía mucho tiempo no escuchaba, suelo recordar las cosas que hacia al momento de estar escuchando esa canción. Por ejemplo, una canción de hace uno o dos años, me hace recordar la pieza exacta en la que estaba trabajando al estarla escuchando.

Muchas veces incluso puedo relacionar canciones o segmentos de algún podcast que estuviera escuchando, con la parte exacta del dibujo en el que estuviera trabajando en ese momento. Podría decirse que tengo el tipo de memoria eidética más inútil del mundo.

Muchas veces al escuchar una canción del recuerdo (años 2000) recuerdo la calle por la que iba caminando al momento de estar escuchando esa misma canción en mi walkman de cassette a los 15 años.

Una canción de mediados de la década de los 2000 me recuerda a la noche que me pase en vela haciendo una detallada maqueta. No me refiero a que me recuerde a aquella época donde me pasaba las noches en vela. Quiero decir que me recuerda a una noche en específico, cuando para mantenerme despierto sintonizaba cualquier estación de radio y me pasé escuchando la misma maldita canción cada 20 minutos, durante toda la madrugada.

Y así con todo. Cuando me acerco un frasco de tinta china a la nariz para olfatearlo, recuerdo la primera vez que volqué un frasco de tinta china abierto sobre mi mesa de dibujo. Cuando apenas estaba en secundaria.

Esto también me sucede con sensaciones. Hace unos cuantos días, mientras trabajaba a las 3 o 4 de la mañana, casi a contrarreloj. De pronto sentí un vacío en el estómago, seguramente provocado por la desvelada, y en ese momento me remití instantáneamente a hace casi 15 años, el inicio de mi etapa universitaria.

En aquella época, por mi horario de clases, tenía que despertar a las 4 de la mañana para hacer tarea de dibujo técnico. Recordé la sensación de apuro, la incertidumbre de estar haciendo ejercicios que en ese momento significaban un reto para mí, incluso recordaba el color amarillo del papel marquilla en el que hacia los ejercicios.

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El olor de cierto tipo de papel y tinta me remite a los distintos tipos de libros que usaba en la primaria. Están los libros de texto gratuitos, que tenían cierto tipo de olor. Y luego estaban los libros de texto (no gratuitos) que mis padres tenían que comprar y que tenían materiales y olores diferentes.

Por alguna extraña razón, ni los libros de secundaria, ni los libros de preparatoria tuvieron ningún olor característico para mí.

La primera vez que escuché la canción de “While my guitar gently weeps”, siempre viene a mi memoria cuando huelo caucho quemado… en fin, creo que ya entendieron el punto.

Exactamente lo mismo me pasa al desempacar todos los años mi ropa de invierno. Pues es una ropa que uso muy pocas veces al año. Así que mi ropa de invierno me remite fácilmente a las situaciones que he vivido año con año, cada vez que la uso.

La ropa de invierno es la única ropa que se mantiene intacta durante todo el año. Muy similar a la manera en la que considero mis recuerdos. Intactos y listos para volver a sacarlos en cualquier momento, que en mi caso es al azar. Para volver a ponerme feliz, para volver a ponerme triste, para volver a sentir dolor.

De la misma manera que la ropa, también los recuerdos que usas más seguido son los que se gastan y dejan de servir, más rápido. En cambio los recuerdos que guardaste más al fondo del ropero, son los que están mejor conservados. Curiosamente también son los que suelen ser más alegres o más dolorosos, no existen medias tintas.

Cada vez que saco mi ropa de invierno me encuentro sorpresas, algunos años me encuentro con que la ropa me queda chica, otros años me encuentro con que me queda grande.

Tengo una colección de ropa que ya no podría volver a ponerme nunca, de la misma manera que todos tenemos una colección de ausencias. Y al voltear a ver esta colección no puedo evitar preguntarme: ¿Quién se unirá a esta colección este año? ¿A qué cosas y a que personas estaré recordando el próximo año, como meros artículos, dentro de mi guardarropa?

Lo peor que te puede pasar, al momento de sacar algún recuerdo de su lugar, es que descubras con desilusión que ese recuerdo ya no te queda. La desilusión viene porque uno sabe que el recuerdo no ha cambiado en lo más mínimo. El que ha cambiado es uno. ¿Y qué puedes hacer entonces, con un recuerdo que ya no te queda?