martes, 10 de enero de 2017

MEDITACIONES SOBRE LA ROPA DE INVIERNO.


Mis posesiones se dividen en varios tipos. Las cosas que guardo para nunca más volver a buscar. Las cosas que guardo, pero sé que tendré que volver a buscar eventualmente. Y finalmente las cosas que guardo cada año, con la certeza de que el próximo año (si todo sale bien) volveré a buscarlas porque me serán necesarias.

La ropa de invierno cae en esta última categoría. 

Una particularidad mía es que tengo una memoria terrible.  Suelo olvidar cosas, sucesos enteros, conversaciones importantes y hasta temporadas completas de mi vida. Lo olvido de manera involuntaria, pero muy fácilmente. A veces, cuando releo mis diarios personales de juventud, me pregunto: ¿Cuándo tuve un amigo apellidado Méndez?

Quizás a manera de compensación, la naturaleza ha hecho que tenga una memoria sensorial que es muy vívida, pero que también escapa de mi control. Esto significa que muy a menudo me encuentro recordando cosas por simple accidente.

Por ejemplo al escuchar una canción que hacía mucho tiempo no escuchaba, suelo recordar las cosas que hacia al momento de estar escuchando esa canción. Por ejemplo, una canción de hace uno o dos años, me hace recordar la pieza exacta en la que estaba trabajando al estarla escuchando.

Muchas veces incluso puedo relacionar canciones o segmentos de algún podcast que estuviera escuchando, con la parte exacta del dibujo en el que estuviera trabajando en ese momento. Podría decirse que tengo el tipo de memoria eidética más inútil del mundo.

Muchas veces al escuchar una canción del recuerdo (años 2000) recuerdo la calle por la que iba caminando al momento de estar escuchando esa misma canción en mi walkman de cassette a los 15 años.

Una canción de mediados de la década de los 2000 me recuerda a la noche que me pase en vela haciendo una detallada maqueta. No me refiero a que me recuerde a aquella época donde me pasaba las noches en vela. Quiero decir que me recuerda a una noche en específico, cuando para mantenerme despierto sintonizaba cualquier estación de radio y me pasé escuchando la misma maldita canción cada 20 minutos, durante toda la madrugada.

Y así con todo. Cuando me acerco un frasco de tinta china a la nariz para olfatearlo, recuerdo la primera vez que volqué un frasco de tinta china abierto sobre mi mesa de dibujo. Cuando apenas estaba en secundaria.

Esto también me sucede con sensaciones. Hace unos cuantos días, mientras trabajaba a las 3 o 4 de la mañana, casi a contrarreloj. De pronto sentí un vacío en el estómago, seguramente provocado por la desvelada, y en ese momento me remití instantáneamente a hace casi 15 años, el inicio de mi etapa universitaria.

En aquella época, por mi horario de clases, tenía que despertar a las 4 de la mañana para hacer tarea de dibujo técnico. Recordé la sensación de apuro, la incertidumbre de estar haciendo ejercicios que en ese momento significaban un reto para mí, incluso recordaba el color amarillo del papel marquilla en el que hacia los ejercicios.

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El olor de cierto tipo de papel y tinta me remite a los distintos tipos de libros que usaba en la primaria. Están los libros de texto gratuitos, que tenían cierto tipo de olor. Y luego estaban los libros de texto (no gratuitos) que mis padres tenían que comprar y que tenían materiales y olores diferentes.

Por alguna extraña razón, ni los libros de secundaria, ni los libros de preparatoria tuvieron ningún olor característico para mí.

La primera vez que escuché la canción de “While my guitar gently weeps”, siempre viene a mi memoria cuando huelo caucho quemado… en fin, creo que ya entendieron el punto.

Exactamente lo mismo me pasa al desempacar todos los años mi ropa de invierno. Pues es una ropa que uso muy pocas veces al año. Así que mi ropa de invierno me remite fácilmente a las situaciones que he vivido año con año, cada vez que la uso.

La ropa de invierno es la única ropa que se mantiene intacta durante todo el año. Muy similar a la manera en la que considero mis recuerdos. Intactos y listos para volver a sacarlos en cualquier momento, que en mi caso es al azar. Para volver a ponerme feliz, para volver a ponerme triste, para volver a sentir dolor.

De la misma manera que la ropa, también los recuerdos que usas más seguido son los que se gastan y dejan de servir, más rápido. En cambio los recuerdos que guardaste más al fondo del ropero, son los que están mejor conservados. Curiosamente también son los que suelen ser más alegres o más dolorosos, no existen medias tintas.

Cada vez que saco mi ropa de invierno me encuentro sorpresas, algunos años me encuentro con que la ropa me queda chica, otros años me encuentro con que me queda grande.

Tengo una colección de ropa que ya no podría volver a ponerme nunca, de la misma manera que todos tenemos una colección de ausencias. Y al voltear a ver esta colección no puedo evitar preguntarme: ¿Quién se unirá a esta colección este año? ¿A qué cosas y a que personas estaré recordando el próximo año, como meros artículos, dentro de mi guardarropa?

Lo peor que te puede pasar, al momento de sacar algún recuerdo de su lugar, es que descubras con desilusión que ese recuerdo ya no te queda. La desilusión viene porque uno sabe que el recuerdo no ha cambiado en lo más mínimo. El que ha cambiado es uno. ¿Y qué puedes hacer entonces, con un recuerdo que ya no te queda?