domingo, 17 de enero de 2016

EL TESTIGO INMOVIL

Fui separado de mi hogar demasiado temprano para mi gusto. Aunque supongo que, cualquier ser en este mundo, debe pensar que es demasiado pronto cuando es separado de su lugar natal. Mi dueña se llama Dulce y en verdad es el nombre perfecto para ella.

En realidad fue otra persona que no alcancé a conocer la que me compró, eligiéndome de entre las muchas otras plantas que adornábamos el pasillo de aquella florería. Todas éramos casi iguales, en realidad no sé por qué se fijó precisamente en mí, un geranio como cualquier otro.

Lo más seguro es que me haya elegido por alguna razón, aunque yo mismo no sea capaz de darme cuenta de cuál es esa razón. Hay cosas que escapan de la capacidad de entendimiento de una simple planta, como yo. Pero siempre he pensado que los humanos saben por qué hacen las cosas, todo debe ser parte de un plan superior.

En una tarde de febrero, fresca como cualquier otra, fue que conocí a mi dueña llamada Dulce. Me recibieron de muy buena manera, de la mejor manera en que se puede recibir a una planta. Sus ojos inmediatamente se posaron sobre mí, la verdad me dio un poco de pudor, como ya dije yo era muy pequeño y creo que fue la primera vez que alguien me miró de esa manera.

Dulce me puso en un balcón de una ventana del segundo piso. Al parecer ese era su estudio, ella se dedicaba a algo en un aparato enfrente del cual se sentaba largas horas durante todos los días. Ya dije que no soy más que un simple geranio, pero seguramente mi presencia en ese lugar estaba muy ligada y relacionada con lo que mi dueña hacía ahí todos los días. Seguramente esa es la razón por la cual yo fui el elegido para estar con ella. Tengo la sensación de que, de alguna manera, yo participaba dentro de ese majestuoso ritual diario.

Casi inmediatamente conocí a los pequeños, unos seres humanos diminutos a los que Dulce llamaba hijos. A veces los fines de semana mi dueña Dulce se sentaba al lado mío, en una mecedora de madera, y se ponía a leer libros, revistas, cualquier cosa que encontrara. Ella dedicaba casi todos los fines semana a leer cosas al lado mío. Eso era porque sus hijos asistían, los fines de semana, a unas clases especiales. Aunque no estoy seguro de lo que eso significa.

Pero la mayoría de las veces, por las tardes, el lugar estaba rodeado de niños. Un niño que quería que le pusieran atención, una niña que buscaba a su mamá porque se le había roto el vestido de su muñeca o se le había ensuciado su propio vestido. Luego un de ellos discutía con su hermano, se daban un golpe sin querer y terminaban los dos llorando.

Yo era testigo de todo ello. Realmente, la mayoría de las veces, la culpa no era de ninguno de los dos. Sin embargo mi dueña en su papel de madre tenía que regañarlos a ambos. Una travesura en la que ambos habían sido víctimas y victimarios. Cabe resaltar que yo me divertía de lo lindo.

A veces las cosas se ponían mucho mejor. En ocasiones me llevaban al comedor, me ponían en una esquina, sobre algún mueble, algún lugar desde donde Dulce consideraba que me veía bien. Luego todos se reunían sentados alrededor de la mesa y tenían su agradable cena familiar.

En aquella época yo era apenas un niño, al igual que los niños de Dulce, y llegaba a sentir mucha envidia de ellos. Realmente me imaginaba como sería si yo era una persona en lugar de una planta. Que increíble sería si yo pudiera moverme de aquí para allá, hablar, gritar y reír como ellos lo hacían. En verdad fueron muy buenas épocas, las extraño mucho.

Yo, al igual que los hijos de Dulce, fui creciendo. Mis hojas se fueron haciendo cada vez más grandes y más fuertes. Realmente no puedo quejarme, me quisieron mucho y me cuidaron más de lo necesario.

Llegué a conocer las manos de Dulce a la perfección. Esas manos que me limpiaban, que me aliviaban poniéndome agua, que me revisaban en busca de alguna plaga y que en ocasiones, cuando el día no era ajetreado y ella se sentía de buen ánimo, hasta me acariciaba como si yo fuera un hijo.

Un día de abril, uno de esos días que uno termina recordando el resto de su vida, inesperadamente fui sacado de la casa. Yo estaba demasiado abrumado, pocas veces había salido de la casa. De lo poco que pude enterarme es que yo ya estaba demasiado grande para seguir adentro y mi dueña decidió que, ahora que yo ya era un arbusto grande y fuerte, mi lugar correcto era estar afuera de la casa.

Realmente no entendí esto. ¿Que se suponía que tenía que hacer yo afuera de la casa? No soy como un perro que puede ponerse a cuidar la casa, de algún intruso. Tampoco era yo ningún letrero, que necesitara estar al lado de la banqueta, para que todo mundo me viera. Fueron días muy negros, caí en una profunda depresión, pues sentía que había sido desterrado de mi hogar.

¿Acaso había hecho yo algo malo, de lo cual no me había dado cuenta? Y de ser así ¿Qué clase de falta tan grave puede cometer un simple arbusto, que amerite el ser desterrado del núcleo familiar? Aun así el destino me tenía deparado algo muy interesante.

Una vez que estuve en el jardín, llegué a sentirme como un rey rodeado por una corte de plantas a mí alrededor. Junto a mi había una variada cantidad de arbustos, plantas y flores, de los cuales yo era el que estaba en el lugar más alto de todos.

Todo alrededor mío era verde, el suelo era verde, las paredes se habían pintado con guirnaldas verdes de una enredadera. Y sobre mí, en el lugar de la cúpula real, estaba el cielo. La mayor parte de las veces era un cielo despejado y luminoso, pero en ocasiones melancólico, lleno de nubes. Pero para mí no eran nubes tristes, sino que solamente eran adornos que acentuaban con contrastes dramáticos, lo hermosa que era mi corte real.

Apenas estaba yo acostumbrándome a mis nuevos aposentos reales, cuando una noche y sin avisar (las mejores y las peores cosas de mi vida siempre han venido sin avisar) el clima cambió y llegó una fuerte helada. Me habían olvidado afuera, yo alcanzaba a ver hacia adentro de la casa, a través de la ventana y veía que la familia era feliz. Adentro brillaba la luz, la gente parecía alegre y disfrutaban como todas las noches de su cena familiar.

Mis hojas se estremecían de frío, pero por lo menos me quedaba el consuelo de saber que mi familia se encontraba bien, a salvo adentro del hogar. Al día siguiente amanecí completamente helado.

Afortunadamente no fue olvido lo que me había sucedido, de verdad no sé cómo fui capaz de pensar eso de mi querida dueña Dulce. Esas mismas manos delicadas que esporádicamente me acariciaba, volvieron a mis hojas y volvieron a hacerse cargo de mí. Me llevaron adentro de la casa, quitaron mis ramas que se habían muerto. Y me dejaron allí el tiempo que necesitara, para poder recuperarme del daño que había recibido.

Al pasar de los meses yo me encontraba fuerte nuevamente. Estaba esperando el momento en el que mi dueña nuevamente me sacara al jardín, a mis aposentos reales, donde yo estaría rodeado de mi corte nuevamente. Sin embargo ese momento se alargaba y no llegaba.

Así pasaron largos años, en los cuales yo seguí creciendo al igual que los niños de Dulce. Los gritos, risas y juegos simples, fueron dejando paso a los libros, los teléfonos celulares y las cortas estadías dentro de casa. Siempre parecía que los niños tenían muchas otras cosas que hacer, fuera de la casa.

Lo peor de todo sucedió un día, como siempre sin avisar, cuando alguien de la casa cayó gravemente enfermo. Ahora todo lo que existía en esta casa, todo lo que yo había visto y que formaba mi mundo del día a día, cambió abruptamente. Toda la realidad cambió por la tristeza, las lágrimas amargas, los semblantes apagados, los días oscuros y en el mejor de los casos, las caras permanentemente serias.

Constantemente escuchaba los suspiros de los hijos de Dulce, que hacían que mis hojas temblaran por el dolor que me causaban, como aquella noche que me quedé a la intemperie, en medio del frío. Luego venía Dulce a sentarse a mi lado, ya no para leer ni para trabajar, más bien simplemente para llorar. Eso era lo que más me dolía.

Así la vida sigue pasando, porque la vida siempre continúa. Pero muy seguido pienso en cuanto habría preferido que aquella noche de frío, el invierno me hubiera helado por completo. Que no solamente hubiera helado mis hojas, sino que también hubiera helado mis ramas, mi raíz, hasta que hubiera terminado por congelar mi alma.

De esta forma, hoy no tendría que ver el sufrimiento de la mujer que no me olvida nunca, de la que se preocupa por mí a diario, de la que sigue limpiándome aunque se sienta triste. De la que, a pesar que ahora lleva un luto muy pesado,  o tal vez precisamente por eso, sigue acariciándome como se acaricia a un hijo que hace falta.

3 comentarios:

  1. MHG:
    Me recordo mucho a una parte de "Frankenstein" y también se me hizo un poco extraño como el geranio no sabia que era una computadora pero si supo que era un celular.

    Calificación: 7/10

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Lo mismo me pregunté cuando estaba escribiéndolo.

      Eliminar
  2. Me ha gustado mucho la parte en la que la planta piensa que es una parte importante del proceso laboral. ¡buena historia Carlos! gracias.

    ResponderEliminar